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L’HABITACIÓ DEL COSTAT (THE VIBRATOR PLAY) de Sarah Ruhl

Segunda mitad del Siglo XIX, en las afueras de Nueva York, durante la llamada “época victoriana”.
Un médico fascinado por el progreso científico y tecnológico, el doctor Givings, experimenta con el uso de un insólito aparato eléctrico que tendría que servir para curar todo tipo de disfunciones y neurosis de naturaleza sexual: un vibrador (en su versión más primitiva).
Mientras tanto, su joven y vital esposa, la señora Givings, está sufriendo serias dificultades para amamantar y alimentar convenientemente el bebé de ambos, cosa que la tiene muy preocupada. Y, a la vez, experimenta una creciente curiosidad respeto las extravagantes terapias que su marido, con el máximo secreto, practica al cuarto de al lado…

 

FICHA ARTÍSTICA

Traducción: Joan Sellent
Dirección: Julio Manrique

Con:  Ivan Benet, Carlota Olcina, Pol López, Mireia Aixalà, Xavi Ricart, Alba Florejachs i Adeline Flaun
Escenografia y vestuario: Alejandro Andújar
Iluminación: Jaume Ventura
Diseño de sonido: Damien Bazin
Composición musical: Carles Pedragosa
Confección de vestuario: Maribel Rodríguez
Construcción: Pascualín Estructures i Pro-escènic (Pilar Albadalejo)
Producción: La Brutal i La Villarroel

TEXTO DEL DIRECTOR

Sarah Rhul es una autora norteamericana con una mirada única, extrañamente pura. Una mirada sensible al misterio, a la ternura, al humor y a la magia.
Sus personajes contemplan, fascinados y atónitos, con ojos de niño que no sabe nada y lo aprende todo, como se enciende una bombilla. Lo hacen como quien asiste a un milagro: el milagro de la luz.
Estamos en la América victoriana, alrededor del 1880. La América posterior a la violenta guerra civil que enfrentó un norte abolicionista con un sur partidario, todavía, de la esclavitud.
Estamos en los inicios de la era de la electricidad, los inicios de la era moderna.
Antes, mucho antes, de que el mundo se digitalizara y nos invadiera la pornografía.
Aquí y allá, proliferan los inventos más extravagantes, aparatos extraordinarios que tendrán que revolucionar el mundo antiguo. Se inaugura una nueva e imparable religión: la del progreso.
Estamos en casa del doctor Givings, ferviente devoto de la nueva creencia, y de su joven y adorable esposa, la señora Givings.
Viven juntos, quizás incluso se estiman. Pero no se conocen. Estamos en la época victoriana.
Mientras ella se pasea, inquieta, por el salón, con un bebé hambriento en sus brazos y la cabeza más allá de las nubes, su marido ensaya un método curativo revolucionario. Un insólito tratamiento para las pacientes que presentan síntomas de aquello que Freud (siempre tan “freudiano”) convino en denominar histeria. Un objeto que, convenientemente enchufado a la corriente, obrará el milagro de la satisfacción, de la curación, de la felicidad.
Al salón, el bebé llora. Y, con él, su madre. Los dos lloran, tan plenos de vida, sin saber qué hacer.
Entonces sienten un ruido. Y un grito ahogado. Y, después, un largo silencio.
La madre calla y piensa. Y, con ella, su pequeño.
Algo pasa, está pasando, al cuarto de al lado